Parecerá una osadía comentar en unas pocas líneas una trilogía que suma 2.274 páginas. Pero dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así que, ¿por qué no intentarlo? La obra del malogrado Stieg Larsson (murió de un infarto nada más entregar al editor la tercera parte de la trilogía) tiene una gran virtud, que atrapa al lector hasta convertir su lectura en una droga, en un interminable quiero más, y más, y más, en un preguntarse cada página qué es lo que va a suceder en la siguiente. Hasta el punto de que el primer libro, Los hombres que no amaban a las mujeres, lo devoré durante el vuelo entre Madrid y El Cairo. Y los otros dos, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, en la tumbona del barco que me transportó desde Luxor a Aswan durante cuatro días. Me ha atrapado tanto que he vuelto a leer la trilogía nada más dejar La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, en Egipto y de nuevo en España. Para que se hagan una idea: las 2.274 páginas saben a poco, porque el lector hubiera querido seguir leyendo hasta caer exhausto.
Un gran acierto de Larsson es hacer creíble y verosímil todo lo que cuenta, por increíble que pueda parecer. Tan real como la vida misma. O incluso más. Su intención es clara, al iniciar cada capítulo con un dato estadístico real (en la primera obra, sobre la violencia sobre las mujeres en Suecia; en la segunda, ecuaciones matemáticas; en la tercera, mujeres que combatieron en guerras). Hasta el punto de que no sorprenda que en la idílica Suecia (para uno del Sur de Europa) haya fiscales prevaricadores, psiquiatras torturadores, tutores violadores, policías de Delitos Sexuales que violan prostitutas, espías que en nombre de la seguridad del Estado montan una policía en la sombra que comete todos los delitos posibles, instituciones públicas que no cumplen con su obligación y empresarios que fabrican inodoros baratos gracias a presos políticos y a menores en Asia, y un largo etcétera de abusos y crueldades.
Y todo sale a la luz gracias a un periodista y a la víctima principal de esos abusos, Lisbeth Salander. Un personaje que ha entrado ya en la historia de la literatura, al lado de Harry Potter. Otro Quijote contemporáneo. Éste, británica. Ella, sueca, pero que rompe todos los moldes: pequeña, esquelética, con piercings y tatuajes. El personaje más logrado de la trilogía, y mira que hay unos cuantos (Mikael Blomkvist, Erika Berger, entre los periodistas; Monica Figuerola, entre los policías; Susanne Linder y Dragan Armanskii, entre los de la empresa de seguridad; Holger Palmgren, el boexador Paolo, entre los buenos; Alexandxer Zalachenko, Hans Fate, Peter Teleborian, Ronald Niedermann, el abogado Bjurman, entre los malos). Lisbeth y Mikael, cada uno con sus propias habilidades, pero sobre todo ella (con su memoria fotográfica y su dominio de la informática), son unos Quijotes suecos que combaten todos los abusos y todas las crueldades de una sociedad que suele mirar hacia otro lado.
Como periodista, me identifico totalmente con las críticas que hace Mikael al periodismo económico y me interesó sobre todo lo bien retratada que está toda la campaña de prensa que se hace contra Lisbeth, y lo bien descrita que está la forma de trabajar de los periodistas. Se nota que Larsson era del gremio. Tres citas: “el cometido del periodista económico era vigilar de cerca y desenmascarar a los tiburones financieros que provocaban crisis de intereses y que especulaban con los pequeños ahorros de la gente en chanchullos sin sentido”; “tu misión como periodista consiste en cuestionarlo y examinarlo todo con sentido crítico, no en repetir lo primero que alguien te diga, por muy bien situado que esté en la administración del Estado”; “piensa como un periodista. Averigüa quién difunde la historia, por qué lo hace y a quién beneficia”.
En lo que la trilogía de Larsson es también maravillosa es en la descripción de las amplias formas de relacionarse unos y otros, especialmente Mikael, quien casi sin proponérselo va enrollándose desde la libertad y desde el respeto con todas las mujeres. De nuevo, Larsson logra hacer verosímil y real algo bastante difícil de creer. Otras dos citas al respecto: “es posible que la amistad sea la forma más frecuente de amor”; “el amor era ese momento en que el corazón quiere salirse del pecho”.
En resumen, una obra que no hay que perderse. Porque el lector pasará muchos buenos momentos leyéndola. Y aprenderá mucho de la psicología humana y social, de lo mal montado que está el mundo por culpa del propio ser humano y del Estado.
Los hombres que no amabana las mujeres. Stig Larsson. Traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Destino. 2009. 667 páginas
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolin. Destino. 2009. 751 páginas
La reina en el palacio de las corrientes de aire. Destino. 2009. 856 páginas